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lunes, 14 de septiembre de 2009

Sandra

Nuevamente la noche me brindaba uno de esos momentos para el recuerdo en un rincón del colectivo que me llevaba a mi hogar.

Última fila, esa dónde cada bache en el asfalto se siente bien hondo en el pecho. Celina hacía un recuento de los últimos tiempos de su vida amorosa. Muchas idas y vueltas, la no búsqueda de la felicidad, conformarse con lo que hay. Sandra escuchaba con atención, cada tanto, más bien cuando Celina bajaba un poco las revoluciones por minuto, aprovechaba para preguntar algo. Las minitahs desarrollamos una tolerancia increíble para los relatos de nuestras congéneres, y por eso Sandra nunca perdió el hilo de la conversación.

Mientras Celina contaba lo aburrida que se sentía con su actual pareja, Sandra sacó de su bolsillo un chicle, sin dejar de mirar a su amiga a los ojos. Con paciencia le saca el papel, y mientras con una mano se lo lleva a la boca, con la otra hace un bollito y... PUC, escucho como el papelito cae en esa especie de agujero negro que se encuentra detrás de la última hilera de asientos.

Ante la mirada extrañada de Celina, Sandra esgrime su defensa:

- JA, lo tiro ahí porque sé que el chofer después tiene que limpiar todo el colectivo. Si no no lo tiro ahí, pero como sé que lo tiene que limpiar éste... Pero lo que me ENFERRMA es cuando tiran papeles a la calle, eso sí... ¿viste cuando vas por la calle y ves como la gente tira de las ventanillas la basura? Eso sí me pone de la nuca...

Celina se rió nerviosa, estoy segura que le dió un poco de vergüenza su amiga Sandra.

domingo, 16 de agosto de 2009

Mabel

Los colectivos siempre atraen gente extraña, pero no tanto como cuando la ciudad empieza a morir, a eso de las doce y media de la noche. Imaginen que para mí es habitual tomar el 140 a esa hora, un hábito de por sí extraño.
Los fines de semana los pasajeros cambian pero aumenta proporcionalmente la cantidad de pasajeros extraños también. Como Mabel, una minitah chinchuda. Tendrá alrededor de 55 años. Rubia platinada - no natural -, ropa ajustada que deja ver que no es un mujer que cuida del todo su figura aunque quiere aparentar que sí. Escote pronunciado, el rostro brilloso (aunque se le nota una capa importante de base de maquillaje), las cejas finitas, del cuello cuelga una cadenita de plata muy brillante.
Se sienta más atrás y la pierdo de vista. Los griteríos de tres grupitos de 4 o 5 adolescentes me confunden un poco, a medida que van bajando, otras voces se empiezan a escuchar, otras conversaciones. Pero una voz de mujer resalta arriba de todas las demás... y a menor cantidad de gente, mayor potencia cobraba esta voz.

- ¡No me importa una mierda! ¿Te das cuenta que no tiene nada que ver? No vale la pena... La cantidad de piropos que me dijo y después nada!!... ¿¿Pero sabés lo que me decía?? Que quería abrazarme que quería estar conmigo, un montón de mensajes. Y después lo llamo y no me atiende, me aparece un contestador que nada que ver, algo así como te comunicaste con los angelitos... Encima después me ve y no me dice nada. ¿Está jugando conmigo? YO YA NO ENTIENDO MÁS NADA ¿Qué se piensa que soy? No entiendo qué carajo quiere...

A esta altura era la única voz que se escuchaba en el colectivo. Por suerte me tengo que bajar, me levanto y finalmente veo quién hablaba... efectivamente, Mabel estaba sumergida en una conversación vía celular, tanto que ni se daba cuenta que todos nos enterábamos de los pormenores de su fracaso con Oscar.

Y me bajé, si yo fuera Oscar, tendría miedo, nunca se sabe lo que puede hacer una minitah chinchuda y despechada.